Sonrisas que brillan

Pequeñas sonrisas

sábado, 28 de julio de 2012

Buscando mi perdición



Que pasan los días y te echo de menos. Más incluso que hace veintisiete noches. 
Que no es posible que esa mirada me persiga incluso despierta. 
Que tus manos me sigan acariciando aunque hace ya días que 
no recorren mi cuerpo. Que tu voz se me ha quedado grabada 
entre jadeos.Ya no puedo dormir sin soñarte, que te has 
convertido en rutina de mis días. Eres quien entra en mis 
pensamientos sin avisar, irrumpiendo mi manera de pensar. 
Olvídame te quisiera decir pero me doy cuenta que la que no
 te olvida soy yo. Y me río amargamente mientras tu voz 
resuena una y otra vez en mi cabeza. Que solo soy un eslabón 
perdido que busca la perdición. Busco una mano que me 
quiera recorrer. Recórreme los miedos y corrámonos de placer. 
De esa maratón que sabemos jugar tan bien. Déjame recordar 
todos los lunares que encontré. Solo bésame.

martes, 10 de julio de 2012

Vuelve.

¿Y qué me dices de los suspiros entrecortados con los que recibimos la noche? Ella, público de nuestros besos. De nuestras manos rozándose en cualquier rincón ya recorrido. Habilidad para buscarnos no nos faltaba. Jugamos al yo me excito mientras me tocas. Al más abajo, por favor. Tú, que me sonreías con una picardía tan especial que no podía dejar de mirarte. Esos ojos que derretían al más frío de los hielos eran puro éxtasis. Quisimos jugar, jugamos y arriesgamos. No había perdedores, no había ganadores, era un partido entre tus manos y mis jadeos; entre mi lengua y tu piel. Oh sí, recuerdo hasta la más mínima curva de tu cuerpo. Hasta la más leve cicatriz. ¿He mencionado ya que estoy llena de cicatrices?  Son tuyas, mías y de la noche. Son tantas que ya he dejado de contarlas. Espero que las repitas. Te espero en la misma cama, por si acaso te pierdes en el camino. ¿He de recordarte que llevo diez noches esperándote? A lo mejor debería susurrarle al viento tu nombre y que este te lleve entre mis sábanas. Pero tengo miedo. Es un miedo ilógico, de esos que son absurdos pero que te paralizan. ¿Lo has sentido alguna vez? Espero que no. Hace frío. Ven, ya. Es tarde y me quedo dormida. Vuelve.

domingo, 3 de junio de 2012

Por 30 minutos a tu lado.

La noche era oscura. Las luces de las farolas titilaban y solo estábamos tú y yo. Tú, que hasta apenas tres días eras un completo desconocido para mí. Las miradas cruzábamos sin ser conscientes de que algo crecía sin poder remediarlo, sin querer resistirlo tampoco. Los encuentros, aunque casuales, electrificaban el ambiente. Los roces de muñeca, encendían hasta el mismísimo Sol. Y los acordes de tu voz, incitaban a mi sonrisa. Por eso, la noche, era especial. Era especial por tu presencia, pero también porque no te fuiste. Te di la oportunidad, aunque mis ojos suplicaban un "Quédate..." medio roto. Y tú te quedaste, preferiste intentarlo, arriesgarte a jodernos en un espacio de aire tan pequeño entre nosotros que el aire solo pasaba de medio lado. Entonces te toqué. Como tantas veces había hecho en mi cabeza. Y tú no te moviste, pero sí me miraste... tan intensamente que creí que me rompería en dos. Y sonreí, como tantas veces había hecho ya. Alzaste la mano y rozaste mi cara. Y yo cerré los ojos, disfrutando de ese momento que no sabíamos si se repetiría. La mano bajó lentamente por mi cuerpo y se apoyó en mi cintura; para acortar esos dos centímetros que nos moríamos por eliminar. Me miraste, te miré y nuestras bocas susurraron un beso exigente, con deseo y sin control. Nuestros labios se rozaron y todo el Universo gritó. Los besos se movían por melodía y las lenguas por danzas indescifrables. Pasaron horas, o quizás minutos, porque el tiempo voló sin darme cuenta. Y tú te separaste despacio, pero el frío se notó. Y tu mirada a tu reloj rompió la conexión. Las lágrimas quisieron escaparse de mis ojos pero yo no se lo permití. Te vi mirarme con esos ojos que llevaban un "Lo siento" escrito pero fue tan fugaz que creí imaginármelo. Así, poco a poco, te volviste, echaste a andar y desapareciste. Consulté mi reloj. Treinta minutos. Habían pasado treinta minutos. Y comprendí que habían sido mis mejores treinta minutos, pero también mis peores.

lunes, 28 de mayo de 2012

Las piernas se me enredan entre sábanas.

Las piernas se me enredan entre sábanas. Sábanas de sexo y pasión. De te como aquí y te muerdo allá. De reventarte a besos y besarte hasta reventar. De subir y bajar. De sacarte la lengua para que la cojas. De jugar al escondite sin esconderme. De jugar a entendernos sin ni siquiera rozarnos. De suspiros entre jadeos. De salivas que me recorren. De dueños que no me poseen. De manos que me buscan, me encuentran y tocan. De silencios tan altos que duele romperlos. De caricias que se repiten, una y otra, y otra vez. De ritmo descompasado. De cosquillas en mi punto débil y de mordiscos en tu oreja derecha. De guiños que incitan y respuestas que enloquecen. De provocaciones unidas a escalofríos. De frío sin ti. De gritos en la madrugada. De llamadas en la noche. De refugios entre colchones. De palabras a medio a terminar. De tabúes nunca dichos. De miradas que hipnotizan. De subidas de temperatura en invierno. De si te quiero o si no. De si eres mío o si no. De ti, de mí. De nosotros. 

jueves, 3 de mayo de 2012

Días y noches. Noches y días.

No dejaba de llover.
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Las gotas arremetían contra el cristal de mi cuarto. Pequeña lluvia que chocaba con intensidad, que se rebelaba contra el sol. Olía a lluvia. Ya sé que no tenía la ventana abierta... pero olía a hierba húmeda recién regada, a charcos que se colocan delante de ti para que saltes, a paraguas desplegados, a agua sobre mi cara. Durante unos segundos, cerré los ojos y disfruté de esa sensación. Caliente, bajo mil mantas. Con un libro en la mano y un café en la mesilla. El café ya estaba frío. O quizás era más correcto decir que era un cubito líquido. Me subí la manta hasta el cuello y suspiré. Fue un suspiro largo, profundo y de todo menos silencioso... de esos que esconden secretos. Cuando por fin abrí los ojos... nada era verdad. Un sol lucía en lo alto de mi ventana incitándome a asomarme. Los rayos se filtraban en mi pelo, jugando a luces y sombras. El libro había desaparecido de mi mano y en sustitución había una hoja. En blanco. Vacía. La mesilla se encontraba sin ningún café helado y con algún que otro zumo de naranja. El reloj marcaba las dos. Las dos, pero de la mañana. Esa mañana que yo llamo madrugada y tú la calificas de noche. Pues eso, era de noche. De noche y con un sol tan enorme como mi sorpresa. Me pellizqué, os lo juro. Pero no funcionaba. No era otro de mis sueños absurdos. Que sí, que me levanté y llamé, llamé al silencio. Y me visitó. Se sentó, me acarició y no habló. Siempre quise hablar con el silencio, pero nunca me atreví. Todavía, hoy, sigo esperando su respuesta. Una respuesta a una pregunta olvidada. Y creo, pero solo creo, que llevaba tu nombre. Ese nombre que volvía las noches, días y los días, noches.

domingo, 29 de abril de 2012

En un rincón de Manhattan, iluminado por los rascacielos que le rodean, William mira la vida por ese cristal tan enorme que tiene como ventana. Sus ojos veloces y azules observan detenidamente cada detalle que acontece esa noche estrellada. Una luz encendida por descuido en un décimo piso, la bocina de un coche que llega tarde, una estrella que se esconde de su mirada, una calle llena de transeúntes que gritan, exigen y corren... en definitiva, una noche sin risas, con sombras y soledad. Mientras, su mirada algo atormentada se vuelve y echa un vistazo a ese apartamento algo desordenado. Lentamente camina hacia la cocina. Y como un autómata, coge un vaso, saca el licor y se lo echa cuidadosamente hasta que el cristal está lleno. Un segundo más tarde, el líquido ya corre por sus venas. El alcohol parece haberle relajado y algo más tranquilo, se limita desvestirse para darse una ducha rápida. Pero antes de que se haya podido quitar la ropa interior, un timbre resuena en la habitación. Ring. ¿Quién será? Ring ring. Es tarde. Ring ring ring. Con pasos silenciosos, se acerca cuidadosamente hasta la puerta. Y antes de que suene otro ring, la puerta se encuentra de par en par.
-Estás muy sexy, Willy.
-¡Oh! Eres tú, Lily...
-Calla y déjame pasar.
Lily entra en el apartamento sin prisa pero con impaciencia, desliza el abrigo por su hombro, y lo tira al sofá, corriendo la misma suerte que el vestido que ya no lleva puesto y que se ha quitado sin que William se diese cuenta. Esa noche, William se deja llevar y se deja hacer, delicadamente pero sin control.


A la mañana siguiente, unas nueve horas más tarde de la llegada de su querida Lily, se despierta solo, desnudo y con un dolor de cabeza insoportable.

miércoles, 25 de abril de 2012

Te quiero mientras escribo esto.

Y son tantos los momentos en los que te recuerdo que no podría enumerarlos todos. Te podría decir 10, 20, 30 o quizás 40, pero se me secaría la boca de pronunciar tu nombre. Tu nombre. Lo llevo grabado en mí, como si fuera una película que se repite constantemente. Doy un paso, y estás. Como y me sonríes. Sueño y apareces. Me persigues y yo solo te espero. Te espero sentada en el recuerdo de un banco que nos unió, que hizo que tú aquel día me besaras con un miedo atroz a perderme, a perder todo lo que tú y yo teníamos. Te recuerdo a cada paso que doy, a esos paseos eternos cogidos de la mano y sonriendo al mundo entre risa y risa. Te veo cuando me siento en el sofá acurrucada con una manta viendo Titanic, me acaricias lentamente y me secas las lágrimas. Te sonrío cuando el viento pasa por mi lado, cuando una corriente me acaricia y cuando un ruido se dispara. Te echo de menos todos los días que no estuvimos, todos los enfados tontos, todos los "te odio" sin terminar. Te quiero cuando hablo, cuando río o cuando lloro, cuando sueño o recuerdo, cuando ando o cuando corro, pero sobre todo te quiero mientras escribo esto.

viernes, 20 de abril de 2012

Sonrió.

Todo ocurrió de repente. En una milésima de segundo el precipicio se abrió y comenzó a descender en una vorágine de espirales interminables, cada vez más profundas, cada vez más negras. Solo pensaba en una cosa, un pensamiento que le rondaba por las piernas, por las manos y los labios. Que le recorría como si fueran pequeñas descargas eléctricas. Tenía frío, pero sentía calor, un calor que perlaba su frente de pequeñas gotas que marcaban que algo real ocurría. La caída se aproximaba, no cesaba, continuaba. No quedaba tiempo, no quedaba nada. Todo descendía y las cosas parecían precipitarse; sin control, sin un porqué. Más abajo, más y más aún. La sensación de vacío no terminaba, el frío aumentaba por suspiros y el viento se movía por decibelios. Vértigos, mareos y nauseas. Aquello era un popurrí de sentimientos que se entremezclaban para proclamar desconcierto e ignorancia. Y como si los ángeles hubiesen cantado, el ruido desapareció, el frío se paralizó y ella parpadeó. Sus extremidades cobraron sentido y con torpes movimientos hizo amago de ponerse en pie. Se echó un vistazo y se levantó. Como una autodidacta se limpió los ojos llorosos, se peinó y sonrió. Sonrió. Nunca nadie había sonreído de esa manera. Como si la felicidad estuviese delante de ella. Y eso fue suficiente. Suficiente para comprender el poder de una sonrisa. Porque solo fue necesaria una sonrisa para darse cuenta de que si quieres, puedes.

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jueves, 29 de marzo de 2012

Relojes a descontrol


Llega un momento en que la vida frena, en el que tú corres a 100 km/h y el mundo parece pararse. El botón de la pausa anda perdido y los relojes ya no cuentan y si cuentan, no te encuentran. Las brújulas ya no orientan tu destino sino un mix de norte, sur, este y oeste. Y te paras a pensar pero sigues caminando, sin retroceder ni un instante y no logras comprender porqué la canción suena si el CD no está metido. El reproductor se saltas pistas y tú sigues avanzando; y las notas se tornan besos y las melodías, abrazos. Los minutos ya no existen y los días se vuelven suspiros, introducidos por respiraciones entrecortadas.

Y uno, dos y tres.
Abres los ojos.
El tiempo corre, algo se mueve, los segundos existen y alguien ha vuelto a soñar despierto.

jueves, 22 de marzo de 2012

Entre lagos y mares


A veces, es difícil decidir, otras veces, apenas lo intentamos. Nos quedamos estancados como el agua de aquel lago, y nadamos sin saber que el agua solo nos cubre hasta los pies. Y cuando parecemos vislumbrar ese flotador que nos mantiene vivos, descubrimos que ya estamos empapados, mojados de algo que no es lluvia, de algo que no requiere ni paraguas. Y buscamos un chubasquero solo para protegernos, pero parecen desaparecidos, ausentes o escondidos. Como todo por lo que vivimos, todo por lo que luchábamos, porque ya no luchamos, y nos quedamos ahí, en el agua, como al principio, sin rescate ni socorrista. En un lago que se ha convertido en río y con tendencia a ser mar. Y yo me pregunto porque crece si nosotros nos quedamos pequeñitos, pero nadie parece escucharme aunque grite a través de una tormenta inventada o una lluvia entrecortada. Ya no hay vencidos ni vencedores, solo alguien solitario. Sin cubierta y con piel, algo digno de ver y te preguntas si estoy bien y yo solo te puedo responder, que alguien ya se ahogado.

domingo, 11 de marzo de 2012

Ella está ahí.


Ella. Ella está ahí, aunque nadie repare en su presencia. Es ese bulto minúsculo que se asoma entre tus recuerdos pero que retiras con frecuencia. Pelirroja como el más puro de los fuegos, pero tan inocente como una llama. En silencio y suspirando, se pueden oír sus debilidades, sus tristezas y sus carencias. Esa línea fija y recta dibujada en su cara, algún día, lejano ya, fue una bonita sonrisa que se alzaba ante los problemas. ¿Y qué me dices de esos ojos? Ahora rojos de tantas gotas de cristal.... Pero fueron tuyos, tuyos y de las estrellas. Aunque quizás ya no te acuerdes. Mírala. Hace un amago para levantarse, pero se hunde, como tantas veces le pasa ahora. Necesita de tu ayuda, pero su voz no llega ni a emitirse. Y te espera, aunque tú ya no le creas. Tú, que ya no eres nada y a la vez lo fuiste todo. No te vayas, dicen sus pensamientos, que es lo único que se mueve en su interior. Pero parece que ya no lo soportas, no soportas esta situación. Y te vas, al igual que como entraste. Solo y sin ella.

domingo, 4 de marzo de 2012

Recuerdos de un amor olvidado


Querido tú:
En el fondo, ¿sabes lo qué pasa? Que me da igual quien eres o no eres cuando no estás conmigo. Que la luna cuando mira entre las estrellas, no sabe los secretos que escondes tan bien que yo aun no he logrado descifrarte. Que aunque te enfades hoy, sé que mañana vendrás con un perdón en la boca. Que todas esas manías tuyas son lo más perfecto entre lo imperfecto. Y que me encanta esa costumbre tuya de hacerme enfadar y hacerme entender que sin ti no puedo vivir. Que te mataría a besos, y puedo asegurarte que sería una dulce muerte. Que te comería a abrazos y sé que ya no querría probar a nadie más. Y que sin ti, sin los dos, las cosas no mueren, se hacen más fuertes. Que me da igual perderte si sé que te voy a encontrar y que me vas a buscar. Que los te quiero en la lejanía, saben a distancia, pero a distancia con sabor a te echo de menos. Que ni yo misma me entiendo ni pretendo que tú lo hagas. Que decirte, que me da igual, todo, porque te tengo y me tienes. Aunque tú... todavía no sepas eso.

martes, 21 de febrero de 2012

El agua de sus recuerdos


Abrir el baúl de los recuerdos y escuchar a Karina cantarte al oído, como un suave susurrar teñido de nostalgia. Rememorar esos instantes que fueron efímeros, mágicos en su momento. Que fueron parte de los dos, una parte de ella, y un trozo de él. Sentimientos que escapaban de sus dueños y recorrían juntos la maratón más difícil de todas, la del amor. Oír lo dulce que es respirar y suspirar por los dos para aspirar ese viento compartido, esas ansias de escapar y liberarse... como si estuvieran atadas a una cadena, llamada distancia. Y no poder cortarla y tirarla al más profundo de los abismos, esos que no se han asomado todavía a visitarles. Porque eran felices, lo eran. Y eso se notaba a años luz, a mensajes y a palabras... y nadie deseaba más que ellos que se rompieran las barreras, inexistentes ya ahora. Y que se deshagan en uno solo, que se fundan cuan hielo al sol y que no quede nada más bonito que el agua de sus recuerdos.

sábado, 11 de febrero de 2012

Tristeza translúcida


Había dejado de soñar en príncipes azules que le trajeran el desayuno a la cama y una sonrisa de buenos días. En vez de eso se conformaba con un beso de despedida cada mañana y con una cara nueva cada día al levantarse. Sus sábanas eran el mejor refugio para el amor de cuatro polvos y el sabor de quiéreme esta noche. Nunca podías adivinar que nuevo cuerpo aparecería en su cama hoy. Era un enigma que ni ella podía resolver. Noches de dura resolución y ojos a la imaginación eran suficientes para llamar la atención de ese chico rubio de allí y el pelirrojo, cuatro pasos más allá. Eran vida para reciclar. Eran como un pañuelo de usar y tirar. Para limpiar tres recuerdos que aun se quedaban adheridos a su piel y se resistían a salir. Ni el más puro de los fuegos ni el más rubio del local eran capaz de calmar su tristeza, que, a veces, translucía su cuerpo entre jadeos y besos. Besos que desaparecían cada amanecer para ser sustituidos por los brazos de después. Y no eran 5, sino mil tragos de alcohol los que necesitaba para olvidar esa sonrisa que la atormentaba hasta en sueños, esos ojos que la derretían y la consumían, como la ceniza del último cigarro que se había fumado una noche cualquiera con un chico cualquiera.

domingo, 5 de febrero de 2012

Hablando de recuerdos.


Habría querido decirte tantas cosas, que ninguna palabra salió de mi boca. Me quedé petrificada como en una de esas película de Harry Potter; como si un hechizo me contuviera y yo fuese incapaz de usar mi magia como debería. Porque no sé, ¿sabes? No sé lo qué tendría que hacer en estos momentos... a lo mejor, en un pasado, lo supe, pero ahora... ¿quién me lo diría? ¿tú? Tú que estás tan ocupado viendo princesas despertar y putas que acostar. Y me río amargamente por no llorar, créeme, porque ese agua ya empieza a escocerme en los ojos y yo no hago otra cosa que cerrarlos para que se contengan y no caigan. Pero al final terminan haciendo todo lo contrario a lo que hago, y me amenazan y salen. Y entonces desespero en el mismo instante que un torrente se avecina, no sé si por las montañas o aquí justo por mi cara. Y en esos momentos, es cuando me acuerdo de ti, otra vez, para no perder costumbre... Y te imagino ahí, delante, detrás o a mi lado, pero aquí, conmigo. Y entonces me secas mi cara, me soplas despacio y me drenas el alma. Y te vas, dejándome vacía, como una flor marchita como una chica sin vida. Entonces me levanto y me digo que te den, que te den todo lo que yo he sufrido y todo lo que he aguantado. Pero el silencio ni me habla y me da por la bebida, como me dio por tus recuerdos, y saco un vaso vacío para llenarlo de penas.. de esas penas que ya no sé si te importan.