La fría noche nos cogió desprevenidos. Tu mundo y el mío. Distintos, diferentes, nuevos, excitantes. Era la atracción lo que nos llamaba, era algo por descubrir. Algo que no nos esperábamos pero que acogimos con gusto, invitándolo y dejándolo entrar con nosotros. Locura, lo llaman. Tu locura y la mía se unieron como imanes, parecíamos estar hechos a medida, la misma tela, el mismo sastre. Mis ojos saltaban entre tus sonrisas, haciéndolas aparecer cada vez más. Cada vez más amplias, cada vez más sueltas. Recuerdo el roce de tu mano, la descarga eléctrica que se desprendía de tus dedos y que recorría mi espina dorsal haciendo tiritar a todo mi cuerpo. No sabes la de veces que lo he rememorado. Porque tú no deberías y yo no debería. Somos peligro juntos, un peligro que consume. Y nos arriesgamos, cada día, a cada hora. Yo tu vicio, tú mi droga. Con un final que no queremos ver pero que está y que nos estrangula por momentos. Está mal. Muy mal.
¿Y qué? Esa pregunta se me repite en la mente constantemente. Es el momento, hagámoslo nuestro. Dejémonos llevar, sigamos la corriente. Déjame equivocarme, que me tropiece y caiga. Entonces pararé, te lo juro. Pero de momento, es un tú y yo. Y no hay más. Nadie más.