
Silencio. Es lo único que se oye en su casa. Sentada en el sofá, con su gato acariciándola, se dispone a leer un rato. Cumbres borrascosas le acompaña entre sus manos y se derrite leyendo las letras que se deslizan poco a poco entre las páginas. Sus ojos recorren las frases que no dejan que levante la mirada del papel, hasta que un golpe sordo le hace mover la cabeza bruscamente. Será el vecino, piensa. Pero el ruido vuelve a oírse. Algo molesta, decide levantarse lentamente y deslizarse entre el suelo. Se mueve cual gata en territorio ajeno y va de puntillas hasta la mirilla de la puerta. Mientras, su gato corretea entre sus piernas, haciéndole cosquillas. Ella, a su vez, no ve nada. El rellano se halla sumido en el mismo silencio que le acompaña a ella. Decepcionada, vuelve a dirigirse al sofá con su gato siguiéndole los talones, pero el golpe, por tercera vez, vuelve a repetirse. Algo asustada, se queda quieta... pensando en los motivos de esos extraños sonidos que parecen alterarla. Será una puerta, o alguna silla de arriba o quizás el viento... Poco convencida, se tira en el sofá, bocabajo, suspirando en el silencio. Al cabo de unos minutos, se da cuenta de que esos ruidos que la acechaban ya no se oyen, ni siquiera un pequeño susurrar... y comprende, algo atónita, que esos sonidos procedían tan solo, de su cabeza.















