Sonrisas que brillan

Pequeñas sonrisas

lunes, 28 de mayo de 2012

Las piernas se me enredan entre sábanas.

Las piernas se me enredan entre sábanas. Sábanas de sexo y pasión. De te como aquí y te muerdo allá. De reventarte a besos y besarte hasta reventar. De subir y bajar. De sacarte la lengua para que la cojas. De jugar al escondite sin esconderme. De jugar a entendernos sin ni siquiera rozarnos. De suspiros entre jadeos. De salivas que me recorren. De dueños que no me poseen. De manos que me buscan, me encuentran y tocan. De silencios tan altos que duele romperlos. De caricias que se repiten, una y otra, y otra vez. De ritmo descompasado. De cosquillas en mi punto débil y de mordiscos en tu oreja derecha. De guiños que incitan y respuestas que enloquecen. De provocaciones unidas a escalofríos. De frío sin ti. De gritos en la madrugada. De llamadas en la noche. De refugios entre colchones. De palabras a medio a terminar. De tabúes nunca dichos. De miradas que hipnotizan. De subidas de temperatura en invierno. De si te quiero o si no. De si eres mío o si no. De ti, de mí. De nosotros. 

jueves, 3 de mayo de 2012

Días y noches. Noches y días.

No dejaba de llover.
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Las gotas arremetían contra el cristal de mi cuarto. Pequeña lluvia que chocaba con intensidad, que se rebelaba contra el sol. Olía a lluvia. Ya sé que no tenía la ventana abierta... pero olía a hierba húmeda recién regada, a charcos que se colocan delante de ti para que saltes, a paraguas desplegados, a agua sobre mi cara. Durante unos segundos, cerré los ojos y disfruté de esa sensación. Caliente, bajo mil mantas. Con un libro en la mano y un café en la mesilla. El café ya estaba frío. O quizás era más correcto decir que era un cubito líquido. Me subí la manta hasta el cuello y suspiré. Fue un suspiro largo, profundo y de todo menos silencioso... de esos que esconden secretos. Cuando por fin abrí los ojos... nada era verdad. Un sol lucía en lo alto de mi ventana incitándome a asomarme. Los rayos se filtraban en mi pelo, jugando a luces y sombras. El libro había desaparecido de mi mano y en sustitución había una hoja. En blanco. Vacía. La mesilla se encontraba sin ningún café helado y con algún que otro zumo de naranja. El reloj marcaba las dos. Las dos, pero de la mañana. Esa mañana que yo llamo madrugada y tú la calificas de noche. Pues eso, era de noche. De noche y con un sol tan enorme como mi sorpresa. Me pellizqué, os lo juro. Pero no funcionaba. No era otro de mis sueños absurdos. Que sí, que me levanté y llamé, llamé al silencio. Y me visitó. Se sentó, me acarició y no habló. Siempre quise hablar con el silencio, pero nunca me atreví. Todavía, hoy, sigo esperando su respuesta. Una respuesta a una pregunta olvidada. Y creo, pero solo creo, que llevaba tu nombre. Ese nombre que volvía las noches, días y los días, noches.