Sonrisas que brillan

Pequeñas sonrisas

domingo, 29 de abril de 2012

En un rincón de Manhattan, iluminado por los rascacielos que le rodean, William mira la vida por ese cristal tan enorme que tiene como ventana. Sus ojos veloces y azules observan detenidamente cada detalle que acontece esa noche estrellada. Una luz encendida por descuido en un décimo piso, la bocina de un coche que llega tarde, una estrella que se esconde de su mirada, una calle llena de transeúntes que gritan, exigen y corren... en definitiva, una noche sin risas, con sombras y soledad. Mientras, su mirada algo atormentada se vuelve y echa un vistazo a ese apartamento algo desordenado. Lentamente camina hacia la cocina. Y como un autómata, coge un vaso, saca el licor y se lo echa cuidadosamente hasta que el cristal está lleno. Un segundo más tarde, el líquido ya corre por sus venas. El alcohol parece haberle relajado y algo más tranquilo, se limita desvestirse para darse una ducha rápida. Pero antes de que se haya podido quitar la ropa interior, un timbre resuena en la habitación. Ring. ¿Quién será? Ring ring. Es tarde. Ring ring ring. Con pasos silenciosos, se acerca cuidadosamente hasta la puerta. Y antes de que suene otro ring, la puerta se encuentra de par en par.
-Estás muy sexy, Willy.
-¡Oh! Eres tú, Lily...
-Calla y déjame pasar.
Lily entra en el apartamento sin prisa pero con impaciencia, desliza el abrigo por su hombro, y lo tira al sofá, corriendo la misma suerte que el vestido que ya no lleva puesto y que se ha quitado sin que William se diese cuenta. Esa noche, William se deja llevar y se deja hacer, delicadamente pero sin control.


A la mañana siguiente, unas nueve horas más tarde de la llegada de su querida Lily, se despierta solo, desnudo y con un dolor de cabeza insoportable.

miércoles, 25 de abril de 2012

Te quiero mientras escribo esto.

Y son tantos los momentos en los que te recuerdo que no podría enumerarlos todos. Te podría decir 10, 20, 30 o quizás 40, pero se me secaría la boca de pronunciar tu nombre. Tu nombre. Lo llevo grabado en mí, como si fuera una película que se repite constantemente. Doy un paso, y estás. Como y me sonríes. Sueño y apareces. Me persigues y yo solo te espero. Te espero sentada en el recuerdo de un banco que nos unió, que hizo que tú aquel día me besaras con un miedo atroz a perderme, a perder todo lo que tú y yo teníamos. Te recuerdo a cada paso que doy, a esos paseos eternos cogidos de la mano y sonriendo al mundo entre risa y risa. Te veo cuando me siento en el sofá acurrucada con una manta viendo Titanic, me acaricias lentamente y me secas las lágrimas. Te sonrío cuando el viento pasa por mi lado, cuando una corriente me acaricia y cuando un ruido se dispara. Te echo de menos todos los días que no estuvimos, todos los enfados tontos, todos los "te odio" sin terminar. Te quiero cuando hablo, cuando río o cuando lloro, cuando sueño o recuerdo, cuando ando o cuando corro, pero sobre todo te quiero mientras escribo esto.

viernes, 20 de abril de 2012

Sonrió.

Todo ocurrió de repente. En una milésima de segundo el precipicio se abrió y comenzó a descender en una vorágine de espirales interminables, cada vez más profundas, cada vez más negras. Solo pensaba en una cosa, un pensamiento que le rondaba por las piernas, por las manos y los labios. Que le recorría como si fueran pequeñas descargas eléctricas. Tenía frío, pero sentía calor, un calor que perlaba su frente de pequeñas gotas que marcaban que algo real ocurría. La caída se aproximaba, no cesaba, continuaba. No quedaba tiempo, no quedaba nada. Todo descendía y las cosas parecían precipitarse; sin control, sin un porqué. Más abajo, más y más aún. La sensación de vacío no terminaba, el frío aumentaba por suspiros y el viento se movía por decibelios. Vértigos, mareos y nauseas. Aquello era un popurrí de sentimientos que se entremezclaban para proclamar desconcierto e ignorancia. Y como si los ángeles hubiesen cantado, el ruido desapareció, el frío se paralizó y ella parpadeó. Sus extremidades cobraron sentido y con torpes movimientos hizo amago de ponerse en pie. Se echó un vistazo y se levantó. Como una autodidacta se limpió los ojos llorosos, se peinó y sonrió. Sonrió. Nunca nadie había sonreído de esa manera. Como si la felicidad estuviese delante de ella. Y eso fue suficiente. Suficiente para comprender el poder de una sonrisa. Porque solo fue necesaria una sonrisa para darse cuenta de que si quieres, puedes.

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