En un rincón de Manhattan, iluminado por los rascacielos que le rodean, William mira la vida por ese cristal tan enorme que tiene como ventana. Sus ojos veloces y azules observan detenidamente cada detalle que acontece esa noche estrellada. Una luz encendida por descuido en un décimo piso, la bocina de un coche que llega tarde, una estrella que se esconde de su mirada, una calle llena de transeúntes que gritan, exigen y corren... en definitiva, una noche sin risas, con sombras y soledad. Mientras, su mirada algo atormentada se vuelve y echa un vistazo a ese apartamento algo desordenado. Lentamente camina hacia la cocina. Y como un autómata, coge un vaso, saca el licor y se lo echa cuidadosamente hasta que el cristal está lleno. Un segundo más tarde, el líquido ya corre por sus venas. El alcohol parece haberle relajado y algo más tranquilo, se limita desvestirse para darse una ducha rápida. Pero antes de que se haya podido quitar la ropa interior, un timbre resuena en la habitación. Ring.
¿Quién será? Ring ring.
Es tarde. Ring ring ring. Con pasos silenciosos, se acerca cuidadosamente hasta la puerta. Y antes de que suene otro
ring, la puerta se encuentra de par en par.
-Estás muy sexy, Willy.
-¡Oh! Eres tú, Lily...
-Calla y déjame pasar.
Lily entra en el apartamento sin prisa pero con impaciencia, desliza el abrigo por su hombro, y lo tira al sofá, corriendo la misma suerte que el vestido que ya no lleva puesto y que se ha quitado sin que William se diese cuenta. Esa noche, William se deja llevar y se deja hacer, delicadamente pero sin control.
A la mañana siguiente, unas nueve horas más tarde de la llegada de su
querida Lily, se despierta solo, desnudo y con un dolor de cabeza insoportable.
3 comentarios:
¡Me encanta! :-)
Muy sexy,abusadora,bién como ha de ser..:) me gusta
uuu me gusta, es diferente a lo que sueles escribir y me encanta! jaja willy y lilly! la cancion de los niños del coro <3 amor profundo!
xxx
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